Fuente: Revista Ñ
Se llama señor H pero podría llamarse como usted. Y casi sin
darle importancia este obrero sin patrón que ahora gerencia un frigorífico
recuperado admite que todo sale con fritas, que no piensan cuando vuelcan los
desechos de esa industria al río. Insiste el señor H y dice que tampoco se
piensa en el origen de lo que consumimos. El señor H tiene en su escritorio un
retrato desdibujado de Mario Roberto Santucho, el jefe guerrillero. Y nos
devuelve una mirada especial sobre los inescrupulosos.
Desde que empezó a navegar e investigar la cuenca Matanza-Riachuelo,
en 2008, Marina Aizen encontró industriales, habitantes de las villas, agentes
del Estado, ONG que le permitieron en el celebrado Contaminados escribir sobre
el horror de la contaminación. No lo hace con un discurso moral.
Como si hubiese realizado un casting de personajes a través
de una mirada profunda y un estilo muy personal, Aizen reconstruye un drama
ambiental que atraviesa la política, la economía, lo social y lo cultural. Con
una escritura que contiene los mejores condimentos de la novela, la lectura de
Contaminados es como subirse al bote a través del testimonio de quienes
provocan, viven y sufren la contaminación. Son supervivientes, con historias
que parecen extraviadas.
Aizen entra, por ejemplo, al polo petroquímico de Shell a
través de la ventana del living de Severo Clavijo, una especie de 007 según la
autora, que usa una línea de teléfono encriptada. Severo vigila el polo
petroquímico de Dock Sud y su zona urbana lindante, Villa Inflamable.
Y es otra voz. Como la de Valentina y Ricardo que vivían a
la orilla del Riachuelo y fueron mudados a una vivienda digna, que cambió las
paredes de cartón y chapa por hormigón. Pero ellos se sienten allí peor que
antes: tienen frío y desean volver al viejo hogar. En base a cientos de conversaciones
casi sobre esa cascada de basura y escombros, Aizen nos trae otro encuadre.
Contaminados ya nos avisa desde la fotografía de Marcos
López que ilustra provocativamente la tapa que ha nacido una manera distinta de
ensayo donde lo que parece ficción es realidad y en el que ningún testimonio
resalta sobre otro. En 2008 cuando Aizen comenzó a navegar por la cuenca, se
preguntó si era posible recomponer el ambiente como había ordenado la Corte
Suprema. No hay respuestas en el libro. Por cierto, Contaminados trasciende el
Riachuelo. Uno de sus focos es el desarrollo histórico de la ciudad de Buenos
Aires y el gran cordón que la rodea con una alta dosis de improvisación que la
autora enlaza con los desastres ambientales. Sin proponérselo, y allí radica
otro hallazgo, se trata de una metáfora de la Argentina. El Riachuelo, dice la
autora, somos todos. Pero Contaminados es un libro único.

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